Oficio de lecturas - Miercoles de la semana XX - Tiempo Ordinario



OFICIO DE LECTURA - MIÉRCOLES DE LA SEMANA XX - TIEMPO ORDINARIO
De la Feria.

PRIMERA LECTURA

Año I:

De la carta a los Efesios     2, 11-22

LOS GENTILES, RECONCILIADOS CON LOS JUDÍOS Y CON DIOS

    Hermanos: Acordaos de que, en otro tiempo, vosotros, gentiles por vuestra carne sin circuncidar, tratados de incircuncisos por quienes a sí mismos se decían circuncisos debido a una operación practicada en la carne, estabais entonces lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a las alianzas de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.
    Ahora, en cambio, estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos. Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos, judíos y gentiles, una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él al odio.
    Y, cuando vino, anunció la buena nueva de la paz a los que estabais lejos y a los que estábamos cerca, porque por medio de él tenemos unos y otros acceso al Padre en un solo Espíritu.
    Por tanto, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu.

Responsorio     Ef 2, 14. 16. 18. 13

R. Cristo es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él anunció la buena nueva de la paz a los que estabais lejos y a los que estábamos cerca, * porque por medio de él tenemos unos y otros acceso al Padre en un solo Espíritu.
V. Ahora, por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos.
R. Porque por medio de él tenemos unos y otros acceso al Padre en un solo Espíritu.


Año II:

Del libro del Qohelet     5, 9-6, 8

VANIDAD DE LAS RIQUEZAS

    Quien ama el dinero no se harta de él, y para quien ama las riquezas no bastan ganancias. También esto es vanidad. A muchos bienes, muchos parásitos; y ¿de qué más sirven a su dueño que para verlos con sus ojos? Dulce el sueño del obrero, coma poco o coma mucho; pero al rico la hartura no le deja dormir.
    Hay un grave mal que yo he visto bajo el sol: riqueza guardada para su dueño, y que sólo sirve para su mal pues las riquezas perecen en un mal negocio y, si engendra un hijo, nada queda ya en su mano.
    Como salió del vientre de su madre, desnudo volverá el hombre, como ha venido; y nada podrá sacar de sus fatigas que pueda llevar consigo. También esto es grave mal: que tal como vino se vaya; y ¿de qué le vale el fatigarse para el viento? Todos los días come en oscuridad, y los pasa en la pena y el fastidio; en la enfermedad y el enojo.
    Esto he experimentado: lo mejor para el hombre es comer, beber y pasarlo bien con el fruto de su trabajo con que se afana bajo el sol, en los contados días de su vida que Dios le da; porque es, su parte. Y además: cuando a cualquier hombre Dios da riquezas y hacienda y le permite disfrutar de ellas, tomar su paga y holgarse en medio de sus fatigas, esto es un don de Dios. Porque así no tiene que pensar mucho en los días de su vida, mientras Dios le llena de alegría el corazón.
    Hay otro mal que observo bajo el sol, y que pesa sobre el hombre. Un hombre a quien Dios da riquezas, tesoros y honores; nada le falta de lo que desea, pero Dios no le concede disfrutar de ello, porque un extraño lo disfruta.- Esto es vanidad y gran desgracia.
    Si alguno que tiene cien hijos y vive muchos años y, por muchos que sean sus años, no se sacia su alma de felicidad y ni siquiera halla sepultura, entonces yo digo: «Más feliz es un aborto, pues; en la oscuridad vino y en la oscuridad se va; mientras su nombre queda oculto en las tinieblas. No ha visto el sol, no lo ha conocido, y ha tenido más descanso que el otro. Y aunque hubiera vivido por dos veces mil años, pero sin gustar la felicidad, ¿no caminan acaso todos al mismo lugar?»
    Todo el mundo se fatiga para comer y, a pesar de todo, nunca se harta. ¿En qué supera el sabio al necio? ¿En qué al pobre que sabe vivir su vida?

Responsorio     Pr 30, 8; Sal 30, 15-16

R. Aleja de mí la falsedad y la. mentira; * no me des riqueza ni pobreza, concédeme tan sólo el alimento necesario.
V. Yo confío en ti Señor, en tu mano está mi destino.
R. No me des riqueza ni pobreza; concédeme tan sólo el alimento necesario.


SEGUNDA LECTURA

Del Comentario de san Jerónimo presbítero, sobre el Eclesiastés
(PL 23, 1057-1054)

BUSCAD LAS COSAS DE ARRIBA

    Cuando a cualquier hombre Dios da riquezas y hacienda y le permite disfrutar de ellas, tomar su paga y holgarse en medio de sus fatigas, esto es un don de Diosa Porque así no tiene que pensar mucho en los días de su vida, mientras Dios le llena de alegría el corazón. Lo que se afirma aquí es que, en comparación de aquel que come de sus riquezas en la Oscuridad de sus muchos cuidados y reúne con enorme cansancio bienes perecederos, es mejor la condición del que disfruta de lo presente. Éste, en efecto, disfruta de un placer, aunque pequeño; aquél, en cambio, sólo experimenta grandes preocupaciones. Y explica el motivo por qué es un don de Dios el poder disfrutar de las riquezas: Porque así no tiene que pensar mucho en los días de su vida.
    Dios, en efecto, hace que se distraiga con alegría de corazón: no estará triste, sus pensamientos no lo molestarán, absorto como está por la alegría y el goce presente. Pero es mejor entender esto, según el Apóstol, de la comida y bebida espirituales que nos da Dios, y reconocer la bondad de todo aquel esfuerzo, porque se necesita gran trabajo y esfuerzo para llegar a la contemplación de los bienes verdaderos. Y ésta es la suerte que nos pertenece: alegrarnos de nuestros esfuerzos y fatigas. Lo cual, aunque es bueno, sin embargo no es aún la bondad total, hasta que se manifieste Cristo, que es nuestra vida.
    Todo el mundo se fatiga para comer y, a pesar de todo, nunca se sacia su alma. ¿En qué supera el sabio al necio? ¿En qué al pobre que sabe vivir su vida? Todo aquello por lo cual se fatigan los hombres en este mundo se consume con la boca y, una vez triturado por los dientes, pasa al vientre para ser digerido. Y el pequeño placer que causa a nuestro paladar dura tan sólo el momento en que pasa por nuestra garganta.
    Y, después de todo esto, nunca se sacia el alma del que come: ya porque vuelve a desear lo que ha comido (y tanto el sabio como el necio no pueden vivir sin comer, y el pobre sólo se preocupa de cómo podrá sustentar su débil organismo para no morir de inanición), ya porque el alma ningún provecho saca de este alimento corporal, y la comida es igualmente necesaria para el sabio que para el necio, y allí se encamina el pobre donde adivina que hallará recursos.
    Es preferible entender estas afirmaciones como referidas al hombre eclesiástico, el cual, instruido en las Escrituras santas, se fatiga para comer y, a pesar de todo, nunca se sacia su alma, porque siempre desea aprender más. Y en esto sí que el sabio aventaja al necio; porque, sintiéndose pobre (aquel pobre que es proclamado dichoso en el Evangelio), trata de comprender aquello que pertenece a la vida, anda por el camino angosto y estrecho que lleva a la vida, es pobre en obras malas y sabe dónde habita Cristo, que es la vida.

Responsorio     Cf. Sir 23, 4-6. 1. 3

R. Señor, padre y dueño de mi vida, no permitas que mis ojos sean altaneros, aparta de mí los malos deseos, * que la sensualidad y la lascivia no se apoderen de mí.
V. No me abandones, Señor, para que no aumenten mis ignorancias ni se multipliquen mis pecados.
R. Que la sensualidad y la lascivia no se apoderen de mí.


Oración

Oh Dios, que has preparado bienes invisibles para los que te aman, infunde el amor de tu nombre en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos tus promesas que superan todo deseo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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