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lunes, 28 de mayo de 2018

Adjetivos descalificativos. No aguanto un adjetivo más

Yo no sé si aún seguirá vigente la gramática castellana de mi infancia, aquello de artículo, nombre, adjetivo, pronombre… No sé. Tengo un vago recuerdo en nebulosa de sintagmas y cosas así. En la gramática que yo estudié, que me sigue valiendo, el adjetivo era una cosa que completaba el sustantivo añadiendo propiedades abstractas o concretas del sujeto. Si no soy muy exacto, pido perdón a mis amigos lingüistas.

Dicho esto, ¿por qué afirmo que no soporto un adjetivo más? Pues porque estoy observando que los adjetivos hoy se emplean mucho no para completar una descripción o describir mejor un sustantivo, sino como forma de evitar todo aquello que sea dialéctica, confrontación ideológica, debate serio. Hoy la gente, me da igual en política, religión, economía o nouvelle cuisine, no tiene más argumento de autoridad ni mejor fundamentación que soltar dos o tres adjetivos, ni originales, para solventar todo debate.

Lo veo mucho en cosas de fe. No me imagino yo a agustinos y dominicos solucionando las disputas teológicas a golpe de adjetivo descalificativo, que es una nueva clasificación yo creo que no contemplada gramaticalmente. Hoy sí.

Un ejemplo. Llega un sacerdote, laico, religioso, consagrado, espabilado o con aficiones pseudo teológicas y afirma, por ejemplo, que lo de ir a misa el domingo es una bobada. Argumento sólido como bien se puede ver. Llega otro y dice que lo del precepto dominical obliga bajo pecado mortal. Respuesta: tú eres un conservador, un carca, o incluso un ultraconservador. Ok. ¿Y algo más? ¿Algún argumento para rebatir? Tener argumentos supone estudiar, pensar, razonar, dudar, conocer más, y eso supone un tiempo que no va uno a quitárselo del fútbol y de la lectura del Marca.

Mantener como único argumento teológico que hay que actualizarse y que los que piensan de otro modo son unos ultraconservadores, es simplemente risible. Eso sí, efectivo. Porque nos hemos vuelto tan memos que antes muertos que tachados de carcas.

No hace mucho hablaba con un compañero de liturgia. Le decía que he ido aprendiendo la necesidad de celebrar según las rúbricas. Su respuesta. Te estás haciendo muy carca. Bien, repuse, ¿me puedes dar argumentos para hacerlo de otra manera? Es decir, yo para celebrar de una manera puedo argumentar con el Concilio Vaticano II: “Por lo mismo, nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia” (S.C. 22), las normas del misal, el misal romano. No tengo problemas en leer otros documentos o bien normas diferentes o interpretaciones que merezcan ser consideradas. Estos son mis argumentos. Dame los tuyos. Pues lo único que encuentro es que hay que ser abiertos y que tenemos que superar una iglesia ultraconservadora.

Esto es lo que hay. Y me he cansado. No merece la pena perder el tiempo con gente cuyo único argumento es “me da la gana”, “tú eres un carca”, “a mí me parece” y “al que no le guste que no venga”. Eso sí, todo en aras de la democracia y la libertad.

Todo fábula. No creo que conozcan nada parecido.

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