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jueves, 17 de mayo de 2018

Lo que se aprende a 80 km. de Madrid: la pastoral del sirimiri

Madrid ni se ve. Lo más que contemplo desde casa, desde mis pueblos, es la carretera nacional I, la carretera de Burgos, o de Francia, que siguen diciendo en algunos sitios, trepando hacia la sierra de la Cabrera para luego dejarse caer hasta la gran urbe. Madrid pilla muy lejos. En kilómetros, en distancia, en mentalidad, en urgencias. Llevo sin pisar la madrileña Puerta del Sol y sus aledaños más de seis meses. No lo echo en falta. En absoluto.

La vida parroquial, las urgencias, las preocupaciones, son, naturalmente, otras.

Me van a permitir que acuda a mis propias parábolas de campo, fáciles porque es donde vivo, naturales porque soy hijo del campo y estas cosas surgen con toda familiaridad.

Pensar en pastoral y vida parroquial y eclesial en Madrid me hace hoy evocar esos días de tormenta y aguacero que a veces también nos llegan. Hoy, a seis meses vista de mi presencia en Braojos, Gascones y la Serna, pienso en Madrid y lo que se me viene a la cabeza es una sensación de vorágine que me supera. Es una pastoral de la reunión, el encuentro, el plan, la comisión, subcomisión, consejo, asociación.

Una pastoral, además, lucida, que no se si lúcida. Da gusto presentar el book, como los artistas, y colocar en él bautizos, comuniones, confirmaciones, grupos, asociaciones. Todos agradecemos ver los templos llenos y encontrarnos en las misas gente incluso de pie. Es mi experiencia. La Beata Mogas congregaba cientos y cientos de fieles. Vale. ¿Un veinte, un treinta por ciento de los habitantes? ¿Y el resto? Muchísimos lo más que sabían de la parroquia era que estaba ahí. Yo tenía mi propio book, en el que además de la asistencia a misas, y práctica sacramental, podía mostrar la adoración perpetua y el economato, por ejemplo. Pero en ese book faltaba el ¿setenta, ochenta? por ciento de los fieles, a los que jamás vimos en el templo.

La pastoral del pueblo es de agua mansa, serrano, castellano sirimiri que cala sin que nos demos cuenta. Creo que conoceré por sus nombres ya a la mitad por lo menos de mis fieles, he saludado a muchísimos y nos hemos encontrado en diversas ocasiones. Fiestas, entierros, celebraciones populares. ¿Quién no ha pasado alguna vez por la iglesia de su pueblo? Nos suena raro lo de pasar el día de reunión en reunión y las mismas celebraciones diocesanas nos pillan un tanto a trasmano.

De locos nos parece Madrid. Los consejos parroquiales, de arciprestazgo, las comisiones y los proyectos, los planes, objetivos y proyectos nos quedan lejos. Tormentas. Aquí vivimos de otra cosa. Misas para cuatro o cinco, si acaso. Santísimo expuesto con el privilegio de que a veces es solo para uno mismo. Solidaridad de los que, a falta de medios económicos, echan una mano en las cosas de la iglesia.

La pastoral del pueblo es mansa, suave, es tocar las campanas, celebrar a San Isidro, saludarse por las calles sin prisa, pasar la Virgencita por las casas, bendecir los campos. Es tener el templo abierto, poner unas flores, sentarse en el banco con una Rafaela cualquiera, tomar un vino en el bar y después invitar tú a otro. Es dar un abrazo cuando llega la muerte, acompañar a la familia y ponerte a disposición. Es invitar a un pasito más para el encuentro con Cristo.

Es dejar que las cosas de la fe se vayan haciendo consustanciales a la vida, de forma que, incluso los alejados, no entiendan su vida sin la presencia de las cosas de la fe. Suavemente, mansamente, con una sonrisa, tirando del hilito de la religiosidad, aprovechando también los de la tradición y la cultura. Lluvia mansa.

Serrano sirimiri en forma de sentarte en el banco con Joaquina, saludar al señor Manolo, celebrar la misa en el aniversario de la abuela, exponer al Santísimo, pasear por el pueblo, estar, sobre todo estar y ser uno más del pueblo, pero siendo alguien especial: el señor cura que cuida, mansamente, sirimiri, de que las cosas de Dios vayan calando.

D. Jorge, ¿y los planes de pastoral, las reuniones, los encuentros, las convocatorias…? Eso para ustedes que están en Madrid y les pilla cerca. A nosotros nos cae a trasmano. Por los kilómetros simplemente, no crean que es otra cosa.

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