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domingo, 6 de mayo de 2018

Reforma de los estudios eclesiásticos (quinta parte)



Sigue del post de ayer. Solo se enviaría a estudiar según las necesidades de la diócesis: suplir una vacante en un puesto que requiere Derecho Canónico o liturgia, etc.

Los mismos estudios de doctorado merecerían una reforma per se que debería ser realizada desde las facultades de teología. El doctorado debe ser solo un medio para saber más, no una ultraespecialización sin sentido. No sirve para nada enterrar a un joven sacerdote en un archivo de una catedral o de un monasterio para saberlo todo sobre el siglo XVIII en ese lugar.

Cuando está todo el mundo de la teología por conocer, enterrar a los estudiantes jóvenes en un archivo determinado es una locura. Eso ya mereció algunos posts por mi parte en que analizaba el tema con más profundidad.

Por otra parte, y a pesar de los estudios que uno tenga y, precisamente, porque los estudios tienen un carácter meramente instrumental, la selección de candidatos al episcopado debería, a su vez, sufrir una profunda reforma. Un cambio no tanto del sistema, como de los criterios. Hoy por hoy, reconozcámoslo, existe un cursus honorum que implica una clara cooptación del actual estado de cosas. Sobre la reforma que precisa la Iglesia en ese campo ya escribí en mi Colegio de Pontífices. Un libro que leyeron cuatro gatos, pero del que me siento orgulloso.

Cuando en mis posts he escrito (y he escrito mucho) acerca de los canónicos, algunos han pensado: en el fondo anhela ser canónigo.

Cuando he escrito acerca de la reforma de los criterios para designar a los obispos, algunos han pensado: en el fondo ambiciona ser obispo.

Cuando he reflexionado acerca de las liturgias papales, algunos han pensado: se le nota que le gustaría ser papa.

También he escrito acerca de los directores de cine, de los cocineros, de los iluminadores de letras iniciales, de los cocodrilos, de los bibliotecarios. 

Pero quizá mi única vocación, ya anhelada a temprana edad, es la de ser un prestigioso cardenal jubilado en una villa campestre con un huertecito cultivado por mis propias manos y que recibe visitas de colegas a las 5 para tomar el té.

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