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miércoles, 4 de julio de 2018

La quema de las iglesias en tiempos de Perón

A un par de semanas del aniversario de la quema de las iglesias de Buenos Aires (16/6/1955), presentamos este contundente artículo del Dr. Enrique Díaz Araujo, documentado hasta el cansancio sobre la resonsabilidad de Perón y el peronismo en el trágico suceso.

Que no te la cuenten…

P. Javier Olivera Ravasi


La quema de las iglesias en tiempos de Perón

Enrique Díaz Araujo[1]

“Perón es el único militar que ha quemado su bandera y el único católico que ha quemado sus templos” (Winston Churchill)

¿Cuántos libros y artículos se han escrito sobre Perón?… Nadie lo sabe. Son innumerables como las arenas del mar. O como las órdenes de monjas, que ni Dios las tiene registradas. Entonces, si eso es así: ¿a santo de qué venir a importunar al lector con un enésimo ensayo acerca del omnipresente creador del populismo “incorregible”? ¿Qué podríamos decir que no se haya dicho ya mil veces?

Pugnaces, sin embargo, intentaremos mostrar un aspecto distinto. Algo -un poquito- referente a la relación de Perón con la Masonería.

Como es sabido, hay quienes piensan que el “Líder” del Justicialismo combatió a la Masonería (ej. Carlos Disandro[2], hablando de la “Sinarquía”); otros, que creen que estuvo sometido a las Logias; y por fin, unos terceros que no saben, no les interesa o no opinan (“ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”, Saúl Ubaldini). El ex subsecretario de Culto Ángel M. Centeno, indica que el peronismo ha tendido sobre estos hechos “un manto de silencio”. Y agrega, por su parte: “tal vez, eso sea lo mejor para todos”[3]. El silencio es salud (política). Conducta seguida por la jerarquía eclesiástica y los medios progresistas, como la revista “Criterio”. De la verdad histórica, nadie quiere acordarse.

Asunto que toma color subido en momentos conflictivos; como los que elegimos, de 1955 y de 1973.

Y bueno, pues, ya que estamos metidos en el baile, bailaremos.

¿Por dónde comenzar? Obviamente, por el principio.

 

ESCUELA DE CIEGOS

Ya expusimos el primer tema en nuestro opúsculo Aquello que se llamó la Argentina[4], pero al presente efecto lo resumiremos al máximo.

Se (rata del Conflicto con la Iglesia, que venía arrastrándose de tiempo atrás y que adquirió fuerza ígnea, literalmente, entre los días 11 y 17 de junio de 1955, cuando ardieron los templos céntricos de Buenos Aires.

Cual elemental dato previo, debe anotarse que desde 1950, cuando el Congreso Eucarístico Nacional de Rosario, Perón inició un ataque sistemático contra la Iglesia Católica y la moral religiosa. En ese sentido, el registro mínimo es éste:

Leyes:

14.367: equiparación de hijos legítimos con los extra-matrimoniales.

14.394: divorcio vincular.

14.400: prohibición de procesiones.

14.401: supresión de enseñanza religiosa

14.405: derogación de exenciones impositivas a la Iglesia.

 

Decretos:

20.564, del 7-12-54: supresión de la Dirección de Inspección y Enseñanza Religiosa.

30.12.54: habilitación de burdeles.

3.991, del 24-3-55: supresión de fiestas religiosas.

Sin normas: retiro de crucifijos y cuadros religiosos.

Controversia en que se enfrentaron fuerzas católicas y masónicas con una virulencia insólita en este país, y con Perón en la cúspide del problema y del poder.

Lugar común desde aquellos años, y posterior mito persistente, ha sido atribuir la disputa en exclusividad a la acción de la Masonería, al margen de las directivas del Líder justicialista, y a sus espaldas.

Versión muy difundida en los medios católicos, siempre dispuestos a integrarse en los gobiernos peronistas (olvido, so pretexto de perdón).

Dato que se apoyaba en hechos ciertos, tal como los han expuesto los que han historiado el punto[5].

En efecto, el Ministro de Educación Armando Méndez San Martín, el Ministro de Salud Pública Conrado Raúl Bevacqua, el Ministro del Interior Ángel Borlenghi y el Vicepresidente de la Nación Contraalmirante Alberto Teissaire, eran tenidos como masones influyentes[6] y conspiradores, que decidieron el incendio de las iglesias a modo de represalia por el bombardeo del 16 de junio de 1955.

Eso era así. En la Escuela de Ciegos, de la calle Bolívar 431 de la Capital Federal, funcionó la central operativa que comandó el siniestro pirotécnico (“Puesto Sanitario n° 1”). De allí partieron las columnas de aliancistas, cegetistas y militantes peronistas (provistos de bidones de nafta y lanzallamas), dirigidos por comisarios de la Policía Federal y de la División Bomberos, incendiarios de la Curia Metropolitana, Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio, la Piedad, La Merced, San Juan, San Nicolás de Bari, San Miguel Arcángel, de la Consolación, la Capilla de San Roque y Nuestra Señora de las Victorias. Y en ese mismo lugar se reunieron el mediodía del día 17 de junio para celebrar con un almuerzo criollo sus fechorías. Todo eso está acreditado, con nombres y apellidos.

En la Escuela de Ciegos instaló su comando Teissaire, con la colaboración de los González y Monteperta. En la sede del Departamento de Policía, de la calle Moreno, dirigió el Ministro Ángel Borlenghi con el subsecretario Abraham Krislavin, el jefe de Policía Gamboa, el jefe de la Dirección de Seguridad de la Policía Federal, inspector general Teodoro Carmelo Sabino, y el jefe de la Guardia de Infantería Liceri. En la sede del Ministerio de Salud Pública estuvo el Ministro Bevacqua, con la ayuda de Cesar Pérez y Segundo Rufino Nieto. El incendio de Santo Domingo lo realizaron los bomberos, que estaban a cargo de los comisarios Oscar E. Benzi y Fuentes. La quema de San Francisco fue encabezada por el comisario inspector Ruperto J. Fuentes; la de la Piedad por el comisario Alejandro Toranzo; la de San Miguel Arcángel por el comisario Severo A. Toranzo; y la de la Consolación por el inspector mayor Silvano Pío Larrosa. Además de los incendios se cometieron otros delitos. En San Nicolás de Bari los oficiales de policía atacaron y golpearon al párroco Jacobo Wagner, provocándole la muerte días después. Una prueba muy notable fue el diálogo que mantuvo el jefe de Bomberos, Inspector General Oscar Benzi, con el Comisario Rómulo Pérez Algerba. Le dijo:

“- ¡Y no sabe la orden! ¡Hay que dejarlo quemar!” (templo de Santo Domingo), “- Hay que dejarlo quemar. Porque hay una orden. Hay orden de que no se actúe” (templo de San Ignacio)[7].

Suceso funesto, si lo ha habido. Por eso, llama la atención la parquedad, cuando no la omisión del hecho aciago por los muy promocionados expositores del “mito de la nación católica”[8].

Luego, debe tenerse por probada la autoría de la Masonería en aquel suceso histórico.

Co-autoría, mejor dicho. Porque en el “Puesto Sanitario n. 1” nadie se movió hasta que el mayor Ignacio Ciaicetta. edecán presidencial llegó al atardecer con la orden de Perón[9].

Situación que se concatenaba con los acontecimientos producidos a partir de la procesión (manifestación), de Corpus Christi del 11 de junio de 1955, que partiendo de la Catedral en la Plaza de Mayo dio una gran vuelta por las calles Rivadavia. Pueyrredón y Santa Fe, hasta la Plaza San Martín. Nos consta que el inmenso desfile de la feligresía fue silencioso y ordenado.

Ante el Congreso sólo hubo una breve detención, sin ningún incidente perceptible. No obstante, los diarios del día siguiente nos anoticiaron que en el mástil de la Plaza de la República se había arriado la bandera nacional reemplazándola por la papal, y que luego, la enseña patria había sido quemada. Nunca se explicó cuál podía haber sido la razón que movió a destruir la insignia azul y blanca. No hubo tiempo para ello, porque de inmediato el Poder Ejecutivo dispuso una serie enorme de desagravios a la bandera de parte de las Fuerzas Armadas y otras entidades públicas y privadas.

Entre tanto comenzó a funcionar un organismo militar de investiga­ción de aquellos hechos, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, presidido por el General Juan Eriberto Molinuevo. En ese Consejo compareció el oficial Subinspector de la Policía Federal Héctor Eduardo Giliberti. Él era hermano del Cap. Frg. José Mateo Giliberti. quien le confió al Cap. Frg. Fernando A. Molina la intervención de su herma­no en la quema de la bandera, Molina, a su vez, efectuó la denuncia ante el referido Consejo. Citado a declarar. Héctor Eduardo Giliberti proporcionó los nombres de delito cometido bajo la supervisión del Jefe de la Policía Federal inspector general Miguel Gamboa, quien, a su turno, acató las órdenes del Ministro del Interior Ángel Borlenghi[10]. Concretamente. Gamboa le dijo al inspector general Justino Wenceslao Toranzo que “había que hacer algunos desórdenes y producir también algunos destrozos… y hacer algunas cositas. El 15 de junio, en la reunión de Gabinete. Perón informó a sus ministros -entre ellos el de Marina. CAlte. Aníbal Olivieri, que es quien lo narró- que la quema era un “juego de vivos… y yo lo aprovecho políticamente”[11]. Estas declaraciones trascendieron, junto con los datos de las investigaciones, y los oficiales navales de Punta Indio resolvieron efectuar el programado vuelo de desagravio bombardeando al verdadero autor del ultraje a la bandera. Así surgió la Revolución del 16 de junio de 1955.

En suma: en el conflicto del Estado con la Iglesia hubo co-autoría de Perón y la Masonería.

De la quema de la bandera a la quema de los templos: fue una secuencia armónica[12], que entre otras consecuencias aparejó la movilización ciudadana de los católicos y la excomunión de Perón. “Cristo vence”, decíamos. Y Cristo venció.

 

ENRIQUE DÍAZ ARAUJO

Diciembre de 2017

 

 

[1] El artículo original posee otro título: Enrique Díaz Araujo, “Quema (de la bandera y de los templos)”, en Gladius 100, (2018), 147-153. Hemos colocando algunas notas a pie de página en el cuerpo del texto y agregando algunas negritas (P. Javier Olivera Ravasi, junio de 2018).

[2] Diálogo Perón-Cornicelli: “Es decir que nosotros, frente al poder imperialista y frente a la gran Sinarquía internacional, manejada desde las Naciones Unidas, donde están el comunismo, el capitalismo, el judaísmo, la Iglesia Católica que también cuando le pagan entra, la masonería; todas esas fuerzas que tienen después miles de colaterales en todo el mundo son las que empiezan a actuar…”: en revista Las Bases. N° 17, del 18 de julio de 1972, pág. 3447.

[3] “Perón en conflicto con la Iglesia” en Archivum, Bs. As., Junta de Historia Eclesiástica Argentina, 2003, p. 59 y ss.

[4] Enrique Díaz Araujo, Aquello que se llamó la Argentina, El Testigo, Buenos Aires 2002, 158 pp.

[5] Ver, por ejemplo: Martínez, Pedro Santos, La Nueva Argentina, 1946-1955, Bs.  As., La Bastilla, col. Memorial de la Patria, 1976, t. II; Gambini, Hugo, Gambini, Hugo, Historia del peronismo, Bs. As., Planeta, t. 2, 2001; El peronismo y la Iglesia, Bs. As., CEAL. 1971; Ruiz Moreno, Isidoro J., La Revolución del 55, Bs. As., Emecé, 1994, t. I; Luna, Félix, Perón y su tiempo, Bs. As., Sudamericana, 1987, t. III; Del Barco, Ricardo, El régimen peronista, 1946-1955, Bs. As., Ed. de Belgrano, 1983. Potash, Robert, El Ejército y la política en Argentina, Segunda Parte 194-1962 de Perón a Frondizi, Bs. As., Sudamericana, 1994, Aizcorbe, Roberto, El mito Peronista, Bs. As, 1976; Amadeo, Mario, Ayer, hoy, mañana, Bs. As. Gure, 1956, Page, Joseph A., Perón: una biografía, Bs. As., Sudamericana, 2005; Márquez. Nicolás, Perón, el fetiche de las masas, Bs. As., Grupo Unión, 2015; Bosca, Roberto, La Iglesia Nacional Peronista, Bs. As., Sudamericana, 1997; Ruiz Moreno, Isidoro J., La Revolución del 55. Dictadura, conspiración y caída de Perón, Bs. As., Claridad, 2013. Lafiandra, Félix (coord ), Los panfletos. Su aporte a la Revolución Libertadora, Bs. As., Itinerarium, 1955; Waldmann, Peter, El peronismo, 19943-1955, Bs. As., Sudamericana, 1981. Hoyos, Rubén, The Role of the Catholic Church in the Revolution against President Juan D. Perón (Argentina, 1954-1955), New York, New York University, 1970. Una gran novela al respecto es la de don Manuel Gálvez, Tránsito Guzmán. Ver, también: Sábato, Ernesto, Sobre héroes y tumbas. Continúa siendo de lo mejor el trabajo de García de Loydi, Ludovico, La Iglesia frente al peronismo. Bosquejo histórico, Bs. As., C1C, 1956.

[6] Caimari, Lila M., Perón y la Iglesia Católica. Religión, Estado y sociedad en la Argentina (1943-1955), Bs. As., Ariel Historia, 1995, p. 256.

[7] Ruiz Moreno, Isidoro J., op. cit., pp. 289-290. En su tiempo, los hechos fueron descritos por el padre Aníbal Rotjer en El llanto de las ruinas, Bs.As., 1955. Cf Ancarola, Gerardo, Antes y después del fuego. A 50 años de la persecución religiosa en la Argentina, Bs. As., Lumiére, 2007; Arnaudo, Florencio J., El año que quemaron las iglesias, Bs.As., Librería Histórica, 2005; Comisión Nacional de Investigaciones, Libro Negro de la Segunda Tiranía, Bs. As., 1958; Zinny, Eduardo F., El culto de la infamia, Bs. As., 1958; Orona, Juan V., La dictadura de Perón, Colección Ensayos Políticos Militares, Bs. As., Talleres Gráficos Zlotopioro, 1970, t. IV.

[8] Como es sabido, la historia de las relaciones entre la Iglesia y el Estado en nuestro país quedó trunca en el hito de 1930. Hasta allí llegaron los estudios del Padre Guillermo Furlong, del Padre Cayetano Bruno o de Juan Carlos Zuretti. Luego, casi toda -por no decir toda- la producción historiográfica sobre ese tema se ha caracterizado por una inquina antirreligiosa ostensible. Ella corresponde a la “Escuela del Mito de la “Argentina (aunque en ella militen ensayistas supuestamente católicos como Norberto Padilla y Fortunato Mallimaci). Es curioso que en el punto que aquí nos interesa los miembros de esa tendencia lo hayan resuelto del modo más escueto posible. Ejemplo de lo dicho lo constituye la obra de dos de los principales “desmitologizadores”, Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, titulada Historia de la Iglesia Argentina: desde la Conquista hasta fines del siglo XX, Bs.As., Sudamericana, 2009. En dicho libro, constante de 635 páginas, se dedican nueve (9) párrafos de la página 470 a describir el incendio y sus circunstancias. Modelo de laconismo… El marxista “nacional”, Norberto Galasso, en sus tomos sobre “Perón” le concede 7 renglones (Bs.As., Colihue, 2005, t. I, p. 695). Peores son los pocos párrafos que coloca Lila M. Caimari. En un libro de 390 páginas sobre el tema específico de “Perón y la Iglesia Católica”, solo la p. 13 alude a “los famosos incendios de 1955”. Por otra parte, dice que grupos de manifestantes del día 11 de junio “pusieron una bandera del Vaticano en lugar de la nacional y arrancaron varias placas recordatorias de Eva Perón”, y que el 16 de junio “grupos de jóvenes incendiaron las iglesias principales del centro de Buenos Aires”, op. cit.. p. 252. No sabemos la edad de los policías incendiarios, pero a juzgar por sus grados, no debían ser muy “jóvenes”. Ni banderas, ni placas, ni jóvenes; eso es lo cierto. Por su lado, Robert Me Geagh. resuelve el problema en un párrafo y medio, cf. Relaciones entre el Poder Político y el Poder Eclesiástico en la Argentina, Bs. As, Itinerarium. 1987. p. 98. Mejor aún pueden considerarse las monografías reunidas por Claudia Touris y Mariela Ceva, bajo el título de Los avatares de la “nación católica”: cambios y permanencias en el campo religioso de la Argentina contemporánea, Bs. As., Biblos. 2012, toda vez que de las 10 monografías que integran el libro, ninguna trata o ni siquiera alude, al mayor conflicto religioso de la Argentina moderna. En el mismo sentido anticatólico, cf. Bianchi, Susana, Catolicismo y peronismo. Religión y Política en la Argentina, 1943-1955, Tandil, Trama, Prometeo, 2001: Ghio. José M, La Iglesia Católica en la política argentina, Bs. As, Prometeo. 2007; Soneira. Jorge, Las estrategias institucionales de la Iglesia Católica (1880-1976), Bs. As., Centro Editor de América Latina. 1989. Ahora, si quisiéramos marcar como lo peor de lo peor, podríamos subrayar a Frigerio. José O., “Perón y la Iglesia. Historia de un conflicto inútil” en Todo es Historia, Bs. As., n° 210-211-212. 1984: del mismo autor El síndrome de la “Revolución Libertadora”: la Iglesia contra el Justicialismo. Bs. As., CEAL, 1990; y Lubertino Beltrán, María José, Perón y la Iglesia (1943-1955), Bs. As., CEAL. 1987. Como se ve, en este cajón de sastre hay de todo, como en botica. Lo único que no abunda es una condenación de los incendiarios.

[9] Perón “llamó al mayor Cialzetta, ayudante del presidente, insistió en demandar si no se habían perpetrado desórdenes y finalmente le insinuó de manera explícita la conveniencia de que se hicieran algunas pintadas en paredes u otras picardías. En el mismo sentido se habrían Borlenghi y el subsecretario del Interior y cuñado del ministro, Abraham Krislavin”: Luna, Félix, op. cit., t. III, p. 269.

[10] EL orden de los hechos fue el siguiete. El ejecutor material de la quema de la bandera fue el agente Clorindo Lapeyre. Éste actuó por orden directa del Comisario de la Seccional 6ta. Norberto Nardelli e indirecta del Director de Seguridad, Inspector General Teodoro Carmelo Sabbino. Antes, la decisión la habían adoptado el jefe de la secretaría del Comando Político-Social, Comisario Inspector Camilo Racana, junto al Director interino de Investigaciones, Inspector Mayor Ricardo I. García. También había participado del asunto el Comisario Inspector Isidoro Ferrari, el Subinspector Liborio Laperchia y el Oficial Subinspector Héctor Eduardo Giliberti. Todos, por supuesto, dependientes de Jefe de la Policía Federal Inspector Inspector Mayor Miguel Gamboa y del Ministro del Intenor, Angel Borlenghi. A pesar de que el juez Carlos Gentile, un obsecuente notorio, no había hallado delito, con posterioridad se instruyó la causa n° 5.230. del Juzgado en lo Penal Especial n° 2, Luis Botet. caratulada “Nardelli y otros, averiguación quema bandera nacional”. Con fecha 6 de diciembre de 1960 recayó sentencia, condenando a Nardelli y Racana a dos años de prisión e inhabilitación absoluta. Los demás zafaron por prescripción. En el Consejo de las FFAA., junto al Grl. Molinuevo habían actuado el fiscal, Grl. Mario V. Portela y el auditor Cnl. Juan Carlos Villariño. La prueba acabada de lo acontecido la dio la fuga de Ángel Borlenghi, quien luego de renunciar al cargo de Ministro del Interior el 2 de julio de 1955, hizo visar su pasaporte a las 15.00 hs. Y a las 16.08 se embarcó en un hidroavión de la empresa CAUSA con destino a Montevideo, permaneciendo prófugo. Todos estos datos se hallan consignados en el libro de Ruiz Moreno, Isidoro J., op. cit., pp 142-148.

[11] Olivieri, Aníbal, Dos veces rebelde. Memorias del Contraalmirante Aníbal O. Olivieri, julio 1945-abril1957, 2da ed., Bs.As., Sigla, 1958, p. 118.

[12] Winston Churchill dijo: “Perón es el único militar que ha quemado su bandera y el único católico que ha quemado sus templos”. Exacta definición. En la versión difundida mediáticamente, se suele presentar el bombardeo del 16 de junio como un acto vandálico destinado a matar transeúntes, y el incendio de las iglesias (cuando se lo menciona, porque la moción de orden es no aludirlo), como obra de unos antisociales o descontrolados exasperados por los muertos del día. Dos mentiras más o menos acollaradas.

 


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