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domingo, 8 de julio de 2018

La Sierra Norte también existe

Hoy ha sido un domingo gozoso. La llegada del verano hace que nuestros pequeños pueblos cobren algo de vida. Ayer tarde, en La Serna, asistí al inusual espectáculo de un grupo de chicos y chicas jugando en la plaza que hay delante de la iglesia. Incluso desde la casa parroquial llegué a escuchar gente que charlaba y reía.

El número de asistentes a la misa dominical se ha multiplicado. En Gascones y en La Serna, en torno a treinta personas en misa. En Braojos, bastante más, creo que en torno a sesenta. Hace ilusión incluso ver coches aparcados en las calles.

La Sierra Norte también existe, aunque muchos se piensen que Madrid acaba en la M-40 y, si acaso, en la gran corona metropolitana. Somos un total de 42 municipios, que sumamos 30.000 habitantes, entre ellos más de 20 que no superan los 300 y 10 que no llegan a los 100. Esta es nuestra realidad.

El diario ABC de hoy trata el tema. Les dejo algunos enlaces:

El «SOS» de la Sierra Norte de Madrid: un semidesierto cada vez más envejecido.

Los 37 municipios de Madrid con menos de 20 habitantes por kilómetro cuadrado. Tienen una densidad de población similar a Suecia o Finlandia. 

La Sierra pobre de Madrid.

Estos son los datos de mis tres pueblos a día de hoy:

Braojos. 208 habitantes. Densidad de 8,34 habitantes por kilómetro cuadrado. Media de edad de 41,13.

Gascones. 176 habitantes. Densidad de 8,78. Media de edad de 42.

La Serna del Monte. 73 habitantes. Densidad: 13,42. Media de edad de 47,86.

La Sierra Norte también existe. Un territorio con 42 municipios y apenas treinta mil habitantes. Pueblos que van experimentando un lento descenso de población, a la vez que sube inexorablemente la media de edad de los habitantes.

Pueblos que poco a poco han ido perdiendo todos los servicios que tuvieron. Ya no hay escuelas, salvo en los pueblos cabeceras de comarca. El médico acude dos veces por semana. En muchos casos los mismos alcaldes viven en Madrid o en otras poblaciones. Nada de comercios salvo unas baldas con productos de emergencia en el bar del pueblo. Lo que menos ha cambiado, lo que menos debe cambiar, es la presencia de la Iglesia.

Hoy está de moda, alguna vez he escrito de ello, la iglesia de las periferias, de los pobres, de los que nada tienen. No me cansaré de insistir que la periferia, el abandono, la nada, la frontera, no están hoy especialmente en las calles de Madrid con los sin techo, en la Cañada Real, en el drama de la gente sin vivienda o en los inmigrantes con una situación irregular. No tienen nada, y a la vez tienen repercusión mediática, su minuto de gloria en los noticiarios de la televisión, sus programas de Cáritas y la solidaridad de ONG sin número.

La Sierra Norte, apenas a una hora de coche de Madrid, no tiene ni eso. Y aquí también tenemos inmigrantes, y gente con necesidad, soledad, sensación de abandono. Gente que necesita una mañana entera para ir a su centro médico de referencia a hacerse unos análisis porque apenas hay un transporte público decente.

¿Y la Iglesia? Una Iglesia sencilla, unas comunidades pobres en número, que difícilmente conocerán la riqueza de unos grupos de jóvenes, chiquillos en catequesis, familias o un número mínimo se asistentes a misa. Cuántas veces he celebrado en domingo en asambleas con seis u ocho personas. Cuántos días laborables con uno, dos… o ninguno. ¿Qué queremos en un pueblo con 73 empadronados, de los cuales, en invierno, apenas llegaremos a cincuenta?

Nuestra pobreza y nuestra riqueza. En Madrid tenía todo: cientos de personas en misa, grupos, asociaciones, adoración perpetua, un economato de Cáritas, el despacho siempre abierto. Aquí, humanamente, nada. Y, sin embargo, aquí y ahora, soy el mayor privilegiado, porque Dios me ha llamado a estar con los últimos de la diócesis, tan últimos que ni en la foto salen.

Muchos compañeros sacerdotes, compañeros tremendamente sensibilizados con la causa de los últimos, se llevarían el susto de su vida si el obispo les invitara a incorporarse a la pastoral de estos pueblitos. No me extraña. En Madrid tanto lo pastoral como lo social – Cáritas- lo sacamos adelante siempre con otros. Aquí no tenemos ni otros apenas. Felices los que hemos recibido el regalo de poder servir a los últimos.

Desde La Serna, en esta tarde de domingo, solo puedo dar muchas gracias a Dios y recordarles su avemaría por nosotros.

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