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jueves, 5 de julio de 2018

Oficio de lecturas - Viernes de la semana XIII - Tiempo Ordinario



OFICIO DE LECTURA - VIERNES DE LA SEMANA XIII - TIEMPO ORDINARIO
De la Feria.

PRIMERA LECTURA

Año I:

Del primer libro de Samuel     15, 1-23

EL SEÑOR RECHAZA A SAÚL POR SU DESOBEDIENCIA

    En aquellos días, Samuel dijo a Saúl:
    «El Señor me envió para ungirte rey de su pueblo, Israel. Por tanto, escucha las palabras del Señor. Así dice el Señor de los ejércitos: "Voy a tomar cuentas a Amalec de lo que hizo contra Israel, atacándolo cuando subía de Egipto. Ahora ve y atácalo; entrega al exterminio todos sus haberes, y a él no lo perdones; mata a hombres y mujeres, niños de pecho y chiquillos, toros y ovejas, camellos y burros."»
    Saúl convocó al ejército y le pasó revista en Telán: doscientos mil de infantería y diez mil de caballería. Marchó a las ciudades amalecitas y puso emboscadas en la vaguada. A los quenitas les envió este mensaje:
    «Vosotros, salid del territorio amalecita y bajad. Os portasteis muy bien con los israelitas cuando subían de Egipto, y yo no quiero mezclaros con Amalec.»
    Los quenitas se apartaron de los amalecitas. Saúl derrotó a los amalecitas, desde Telán, según se va a La Muralla, en la frontera de Egipto. Capturó vivo a Agag, rey de Amalec, pero a su ejército lo pasó a cuchillo. Saúl y su ejército perdonaron la vida a Agag, a las mejores ovejas y vacas, al ganado bien cebado, a los corderos y a todo lo que valía la pena, sin querer exterminarlo; en cambio, exterminaron lo que no valía nada. El Señor dirigió la palabra a Samuel:
    «Me pesa haber hecho rey a Saúl, porque ha apostatado de mí y no cumple mis órdenes.»
    Samuel se entristeció y se pasó la noche gritando al Señor. Por la mañana, madrugó y fue a encontrar a Saúl; pero le dijeron que se había ido a La Vega, donde había erigido una estela, y después, dando un rodeo, había bajado a Guilgal. Samuel se presentó a Saúl, y éste le dijo:
    «El Señor te bendiga. He cumplido el encargo del Señor.»
    Samuel le preguntó:
    «¿Y qué son esos balidos que oigo y esos mugidos que siento?»
    Saúl contestó:
    «Los han traído de Amalec. La tropa ha dejado con vida a las mejores ovejas y vacas, para ofrecérselas en sacrificio al Señor. El resto lo hemos exterminado.»
    Samuel replicó:
    «Pues déjame que te cuente lo que el Señor me ha dicho esta noche.»
    Contestó Saúl:
    «Dímelo.»
    Samuel dijo:
    «Aunque te creas pequeño, eres la cabeza de las tribus de Israel, porque el Señor te ha nombrado rey de Israel. El Señor te envió a esta campaña con orden de exterminar a esos pecadores amalecitas, combatiendo hasta acabar con ellos. ¿Por qué no has obedecido al Señor? ¿Por qué has echado mano a los despojos, haciendo lo que el Señor reprueba?»
    Saúl replicó:
    «¡Pero si he obedecido al Señor! He hecho la campaña a la que me envió, he traído a Agag, rey de Amalec, y he exterminado a los amalecitas. Si la tropa tomó del botín ovejas y vacas, lo mejor de lo destinado al exterminio, lo hizo para ofrecérselas en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guilgal.»
    Samuel contestó:
    «¿Acaso se complace el Señor en los holocaustos y sacrificios, como en la obediencia a la palabra del Señor? Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros. Pecado de adivinos es la rebeldía, crimen de idolatría es la obstinación. Por haber rechazado al Señor, el Señor te rechaza hoy como rey.»

Responsorio     1S 15, 22; Os 6, 6

R. ¿Acaso se complace el Señor en los holocaustos y sacrificios, como en la obediencia a la palabra del Señor? * Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros.
V. Yo quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.
R. Mejor es obedecer que sacrificar, mejor la docilidad queda grasa de los carneros.


Año II:

Del libro de Nehemías     12, 27-46

INAUGURACIÓN DE LA MURALLA DE JERUSALÉN

    En aquellos días, al inaugurar la muralla de Jerusalén, buscaron a los levitas por todas partes, para traerlos a Jerusalén a celebrar la inauguración con una fiesta y con acciones de gracias, al son de platillos, arpas y cítaras. Se reunieron los cantores del valle del Jordán, de la comarca de Jerusalén, de las aldeas de Netofat, de Bet Guilgal y de los campos de Loma y Azmaut, porque los cantores se habían construido aldeas en las cercanías de Jerusalén. Los sacerdotes y los levitas se purificaron y luego purificaron al pueblo, las puertas y la muralla.
    Mandé a las autoridades de Judá que subiesen a la muralla y organicé dos grandes coros. Uno iba por la derecha, encima de la muralla, hacia la puerta de la Basura. Cerraban la marcha Oseas, la mitad de las. autoridades de Judá, Azarías, Esdras, Mesulán, Judá, Benjamín, Semayas, Jeremías; sacerdotes con trompetas, Zacarías, hijo de Jonatán, hijo de Semayas, hijo de Matanías, hijo de Miqueas, hijo de Zacur, hijo de Asaf, y sus hermanos, Semayas, Azarel, Milalay, Guilalay, Maay, Netanel, Judá y Jananí, con los instrumentos de David, hombre de Dios. Esdras, el letrado, iba al frente de ellos. Pasaron por la puerta de la Fuente y, siguiendo en línea recta, subieron a la escalera de la ciudad de David y bajaron por la cuesta de la muralla, junto al palacio de David, hasta la puerta del Agua, a levante.
    El segundo coro, al que seguía yo con la mitad de las autoridades y los sacerdotes Eliaquín, Maseyas, Minyamín, Miqueas, Elioenay, Zacarías y Ananías, con trompetas, y Maseyas, Semayas, Eleazar, Uzí, Juan, Malquías, Elán, Ezer, se dirigió hacia la izquierda, por encima de la muralla, a lo largo de la torre de los Hornos hasta el muro ancho, y continuó por la puerta de Efraím, la puerta Antigua, la puerta del Pescado, la torre de Jananel, la torre de los Cien y la puerta de los Rebaños, hasta detenerse en la puerta de la Cárcel. Los dos coros se situaron en el templo de Dios; los cantores cantaban dirigidos por Yizrajías.
    Aquel día, ofrecieron sacrificios solemnes y hubo fiesta, porque el Señor los inundó de gozo; también las mujeres y los niños participaron en ella. La algazara de Jerusalén se escuchaba desde lejos.
    Por entonces, se nombraron los intendentes de los almacenes destinados a provisiones, ofrendas, primicias y diezmos, donde se guardaban, por campos y pueblos, las porciones que prescribe la ley para los sacerdotes y los levitas. Porque los judíos estaban contentos de los sacerdotes y levitas en funciones, que se ocupaban del culto de su Dios y del rito de la purificación, como habían mandado David y su hijo Salomón, y también de los cantores y porteros.
    Ya desde antiguo, en tiempos de David y Asaf, había jefes de cantores y cánticos de alabanza y de acción de gracias a Dios. Y en tiempos de Zorobabel y de Nehemías todos, los israelitas subvenían diariamente a las necesidades de los cantores y porteros, y hacían ofrendas sagradas a los levitas, igual que éstos a los descendientes de Aarón.

Responsorio     Is 26, 1; cf. Sal 47, 3

R. Tenemos una ciudad fuerte, * ha puesto para salvarla murallas y baluartes.
V. El monte Sión, altura hermosa, es la alegría de toda la tierra y la ciudad del gran rey.
R. Ha puesto para salvarla murallas y baluartes.


SEGUNDA LECTURA

Del libro de san Agustín, obispo, Sobre la predestinación de los elegidos.

(Cap. 15, 30-31: PL 44, 981-983)

JESUCRISTO ES DEL LINAJE DE DAVID SEGÚN LA CARNE

    El más esclarecido ejemplar de la predestinación y de la gracia es el mismo Salvador del mundo, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús; porque para llegar a serlo, ¿con qué méritos anteriores, ya de obras, ya de fe, pudo contar la naturaleza humana que en él reside? Yo ruego que se me responda a lo siguiente: aquella naturaleza humana que en unidad de persona fue asumida por el Verbo, coeterno del Padre, ¿cómo mereció llegar a ser Hijo unigénito de Dios? ¿Precedió algún mérito a esta unión? ¿Qué obró, qué creyó o qué exigió previamente para llegar a tan inefable y soberana dignidad? ¿No fue acaso por la virtud y asunción del mismo Verbo, por lo que aquella humanidad, en cuanto empezó a existir, empezó a ser Hijo único de Dios?
    Manifiéstese, pues, ya a nosotros, en el que es nuestra Cabeza, la fuente misma de la gracia, la cual se derrama por todos sus miembros según la medida de cada uno. Tal es la gracia, por la cual se hace cristiano el hombre desde el momento en que comienza a creer; la misma por la cual aquel Hombre, unido al Verbo desde el primer momento de su existencia, fue hecho Jesucristo; del mismo Espíritu Santo, de quien Cristo fue nacido, es ahora el hombre renacido; por el mismo Espíritu Santo, por quien se verificó que la naturaleza humana de Cristo estuviera exenta de todo pecado, se nos concede a nosotros ahora la remisión de los pecados. Sin duda, Dios tuvo presciencia de que realizaría todas estas cosas. Porque en esto consiste la predestinación de los santos, que tan soberanamente resplandece en el Santo de los santos. ¿Quién podría negarla de cuantos entienden rectamente las palabras de la verdad? Pues el mismo Señor de la gloria, en cuanto que el Hijo de Dios se hizo hombre, sabemos que fue también predestinado.
    Fue, por tanto, predestinado Jesús, para que, al llegar a ser hijo de David según la carne, fuese también, al mismo tiempo, Hijo de Dios según el Espíritu de santidad; pues nació del Espíritu Santo y de María Virgen. Tal fue aquella singular elevación del hombre, realizada de manera inefable por el Verbo divino, para que Jesucristo fuese llamado a la vez, verdadera y propiamente, Hijo de Dios e hijo del hombre; hijo del hombre, por la naturaleza humana asumida, e Hijo de Dios, porque el Verbo unigénito la asumió en sí; de otro modo no se creería en una trinidad, sino en una cuaternidad de personas.
    Así fue predestinada aquella humana naturaleza a tan grandiosa, excelsa y sublime dignidad, más arriba de la cual no podría ya darse otra elevación mayor; de la misma manera que la divinidad no pudo descender ni humillarse más por nosotros, que tomando nuestra naturaleza con todas sus debilidades hasta la muerte de cruz. Por tanto, así como ha sido predestinado ese hombre singular para ser nuestra Cabeza, así también una gran muchedumbre hemos sido predestinados para ser sus miembros. Enmudezcan, pues, aquí las deudas contraídas por la humana naturaleza, pues ya perecieron en Adán, y reine por siempre esta gracia de Dios, que ya reina por medio de Jesucristo, Señor nuestro, único Hijo de Dios y Único Señor. Y así, si no es posible encontrar en nuestra Cabeza mérito alguno que preceda a su singular generación, tampoco en nosotros, sus miembros, podrá encontrarse merecimiento alguno que preceda a tan multiplicada regeneración.

Responsorio     Cf. Ga 4, 4-5; Ef 2, 4; Rm 8, 3

R. Mirad que ya se cumplió el tiempo, y ha enviado Dios a su Hijo a la tierra, nacido de una Virgen, nacido bajo la ley, * para rescatar a los que estaban bajo la ley.
V. Por el gran amor con que nos amó, envió a su propio Hijo, sometido a una existencia semejante a la de la carne de pecado.
R. Para rescatar a los que estaban bajo la ley.

Oración

Dios nuestro, que quisiste hacernos hijos de la luz por la adopción de la gracia, concédenos que no seamos envueltos por las tinieblas del error, sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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