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domingo, 6 de mayo de 2018

De los sufragios a las misas homenaje

Ayer lo he vuelto a escuchar. Falleció José María Iñigo y ya tenemos a algún sacerdote más bueno, evidentemente que los demás, proclamando “santo súbito”. Mejor, no “santo súbito”, sino “ya es santo”. Porque si el clérigo en cuestión afirma tajantemente que el finado ya está en el cielo, es lo que está diciendo: que ya es santo.

Eso, tan bueno, tan consolador, tan amable, tan maravilloso y tan memo, se parece a la doctrina de la Iglesia no como un huevo a una castaña, que algo de semejanza se podría encontrar, sino como un huevo a las tres pirámides de Egipto. Podría vales la comparación si entendemos castaña en su acepción de “cosa aburrida, fastidiosa o de mala calidad”. Porque afirmar de cualquiera que se ha muerto que ya está en el cielo, es una castaña teológica, usease, una m. pinchada en un palo, que siendo servidor niño era lo más bajo que se podía caer.  

La doctrina de la Iglesia, justo la que los sacerdotes estamos especialmente obligados a predicar y proclamar, es ciertamente otra. Los novísimos, que yo sepa, no están derogados ni descatalogados, y según ellos, lo del cielo va por otro camino. Lo del cielo va por el camino del juicio particular, y en caso de ser positivo, muy posiblemente pasando por el purgatorio.

La Iglesia, que esto lo ha enseñado siempre, lo que hace, al ocurrir una defunción, con recepción previa de sacramentos o no, porque del interior de la persona y su arrepentimiento solo sabe y juzga Dios, es ofrecer sufragios por el alma del difunto en forma de funeral, oraciones, limosnas y misas, pidiendo a Dios que perdone todas sus culpas y lo admita definitivamente en la gloria.

Pero claro, esto lo decimos los carcas, los antiguos, los inmisericordes, los que nos apoyamos para la reflexión teológica en cosas tan fuera de lugar como el concilio de Trento o incluso el Catecismo de la Iglesia Católica. Todos equivocados: los concilios de Florencia y Trento, San Juan Crisóstomo, San Gregorio Magno, Santo Tomás, los libros litúrgicos. Todos errados hasta que te llega un curita más misericordioso que nadie afirmando que toda la tradición católica sobre la justificación es falsa, y de paso privando al difunto de unos sufragios que, en definitiva, como ya está en el cielo, no necesita, y si los necesita que los tome de ese tesoro de oraciones por los difuntos que harán o haremos seguramente los curas come niños.

El difunto, ya en el cielo, no necesita ni misas ni oraciones por su eterno descanso. El problema es que una misa siempre es algo que queda bien y un detalle que se agradece. Es de buen gusto que el amigo, el conocido cura, se ofrezca a celebrar una misa que, evidentemente no puede ser en sufragio por un alma que ya está en el cielo, así que se convierte en misa homenaje a Fulano en la que contar sus glorias y escuchar relatos emotivos que proclaman, entre sollozos, sus deudos en el ambón.

La doctrina sobre la justificación, a hacer puñetas. Pero no pasa nada. NUNCA PASA NADA. Por cierto, espero que el P. Aberasturi siga ben.

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