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miércoles, 8 de agosto de 2018

Frente a tantos artículos, algo a tener en cuenta



Muy a menudo, nos encontramos con comentaristas que explican lo mala que es la iglesia anglicana, dando las cifras de la reducción de fieles que van a sus misas. Otras veces el mismo argumento se usa respecto a la iglesia católica en un país. En otras ocasiones veces se elogian los datos entusiasmantes de una parroquia, de una diócesis, insistiendo en que ese es el camino a seguir. Los datos, buenos o malos, son verdaderos, pero las consecuencias que extraigamos requieren de la interpretación de esos datos. Nos guste o no nos guste, las conclusiones no son tan frías como una cifra o muchas columnas de cifras.

Antes de nada, escuchaba yo una conferencia de ese inmenso obispo de Cuenca que fue monseñor Guerra Campos, grande por su vida, grande por su sabiduría. A la hora de analizar la situación de la Iglesia en España durante los años 60 y 70, recordaba él que todo eso se tenía que enmarcar en toda una corriente cultural y sociológica en la que toda Europa estaba inmersa. Ese gran obispo reconocía algo elemental y es que España, tuviese el clero y el pueblo que tuviese, no podía no sufrir, en mayor o menor medida, esa ola que recorrió toda Europa.

Se usa contra la iglesia anglicana el argumento de las estadísticas: hemos crecido, ellos han retrocedido. No digo yo que no haya elementos que analizar en ese hecho: ¡los hay! Pero también conviene recordar que si excluimos el número de inmigrantes, la Iglesia Católica de Gran Bretaña sufre un índice de secularización y abandono muy similar al de la Iglesia anglicana. Si el número fuera el criterio, ¿qué conclusión deberíamos sacar cuando en ciertos países de Latinoamérica crecen los evangélicos y retroceden los católicos?

Por otra parte, en el mundo hay países con iglesias (católicas) muy tradicionales y devotas, ¡y también ellas han sufrido el fenómeno de la secularización de un modo bastante arrasador! Nadie ha estado exento, nadie. Con esto no estoy diciendo que el fenómeno ha afectado a todos por igual y, ciertamente, hay que analizar el por qué. Sin duda, la oración, la adhesión al Magisterio, son elementos que ayudan a una diócesis o a una nación a ralentizar ese proceso de secularización. Pero hasta las insignes diócesis de Toledo y Cuenca han sufrido este hecho a pesar de estar protegidas como verdaderos baluartes de la fe.

Otro tipo de noticias ponen a ciertas diócesis o parroquias como ejemplos de florecimiento. No dudo que hay casos de los que solo cabe alegrarnos. Pero algunos de esos ejemplos no son precisamente muy objetivos, y hablo con conocimiento de causa. No voy a citar artículos concretos, pero créaseme que ha ocurrido, de vez en cuando, que el periodista ha suplido con su entusiasmo lo que le faltaba de conocimiento global de la situación.

De hecho, tras un artículo en el que parece que en una diócesis concreta todo va a cambiar radicalmente, no volvemos a tener más noticias; y cinco años después descubrimos que la diócesis va bien, pero que el proceso de secularización sigue su camino más o menos como en el resto de las diócesis de su entorno.

Nos guste o no nos guste, estamos en un proceso general, fortísimo. Es como una ola de calor y sequía que agosta toda la vida vegetal. Afecta a todas las denominaciones cristianas y a todas las diócesis católicas. Ojalá pudiera reconocer que, en algún país, se ha logrado revertir ese proceso. Desgraciadamente, no es así. No veo justas algunas cosas que se afirman de nuestros hermanos separados. Tampoco, desgraciadamente, son muy realistas los cantos triunfales que, de tanto en tanto, oigo de tal o cual lugar.

La Iglesia Ortodoxa Rusa merecería un capítulo aparte. Y de ella hablaré mañana. Aunque a mí de lo que realmente me gusta hablar es de gatos y magnicidios.

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